miércoles, 16 de noviembre de 2011

MUJERES BORDADORAS DE TALAYUELA

Cuando el aire dejaba de ser caliente en los meses de verano y parecía que ya era brisa en aquellas horas de fuego. Cuando los trabajos en el campo habían cedido y se avecina la colorida otoñada, se veían en Talayuela grupos de mujeres que, sentadas a las puertas de las casas o a los socaires, hacían corros para bordar los manteles de tela que traían de la vecina Lagartera.

Sentadas en sus sillas bajas de enea, todo lo más del blanco del mantel colgando sobre sus rodillas, caía, en pliegues velazqueños, en un cesto a sus pies que lo recogía. En sus haldas un bastidor marcaba un trozo de mantel de blanca textura zurbariana sobre el que las manos de las mujeres iban bordando los motivos elegidos. Sobre su pecho, prendidas en su ropa, agujas con diferentes hebras de hilos de colores para dar vida y color al bordado.

El bastidor marcaba el espacio del mantel, como una plaza de toros, sobre el que se debía trabajar en aquel momento. Las soñadoras manos de las mujeres realizaban el arte de romper el blanco de la tela haciendo emerger flores, hojas, tallos... que hacía de aquel mantel una prenda delicada y colorista. Todo el rito había empezado enhebrando las agujas con el color elegido y comenzar a dar puntadas sobre la tela del bastidor. Como si de banderillas se tratase se punzaba la aguja por arriba, en puntada larga o corta, emergiendo por debajo del bastidor y procediendo a sacarla por el lado contrario, para ir dando forma al dibujo. El dedal protegía el dedo corazón de los posibles pinchazos de la cabeza de la aguja. No era solo saber bordar había un mucho de creatividad en la elección de los colores y de las formas.

A la vez que se bordaba se soñaba con quien utilizaría aquel mantel, o se cubriría con aquellas sábanas. Los sueños nunca dependen de la edad pues el corazón siempre es joven eso es lo mejor y, a veces, también lo peor. Los sueños siempre se cosen con el material más débil que se tiene por lo que casi nunca se cumplen o se rompen fácilmente. “Yo, amor, he aprendido a coser con tu nombre, y voy juntando mis días, mis minutos, mis horas, con tu hilo de letras” Gioconda Belli. Porque se trataba de bordar como una ayuda al sustento familiar si, pero se bordaba en el corazón los sueños por venir, los trozos de vida ya pasados que dolían ya no más que un pinchazo con la aguja en los dedos. Se trataba de bordar el sentimiento del beso robado, el desamor de los días iguales, de poner color al negro de los sueños rotos. Se bordaba y se pensaba que el dolor no mata, solo hiere de muerte, pero nunca termina con la vida. Se trataba de coser, de zurcir, hilvanar...la propia vida y hacer de ella una pequeña obra de arte, que a todo daba tiempo en aquellas tardes de otoño o de invierno.

Cuando las tardes eran desapacibles se bordaba en las casas ayudando a los ojos con la luz que entraba por las ventanas. Se creaba entonces un ambiente de secretos y silencios que el mismo pintor holandés Jan Vermeer hubiera querido conocer para reflejar en sus pinturas. Se trataba de bordar, mientras esa incansable lluvia no paraba en todo el día y golpeaba los cristales de la ventana marcando un ritmo monótono al pasar de las agujas por la tela del bastidor, pero se trataba de prender con hilos de colores el desafío velazqueño de las Hilanderas y no quedar convertida en inútil araña. La vida se abría paso día a día pero con tantas falsificaciones como en el cuadro de Velázquez en que nada es lo que parece y se hacia necesario mucho arte como se ponía en el bordado. La vida solo pende de un hilo y se puede elegir el color que nos debe mecer.

Después venían a recoger los manteles o las sábanas con su embozo bordado en blanco y se llevaban parte de los sueños que las mujeres habían prendido en sus bordados. Dejaban en sus manos otras telas blancas de textura zurbariana pero ya habían aprendido, con la paciencia de las puntadas, que para lograr lo imposible solo se necesita un poco de tiempo.

jueves, 3 de noviembre de 2011

AURORA ALVÁREZ JIMÉNEZ

MUJERES PRENDIDAS EN EL AIRE DE TALAYUELA (III)

AURORA ALVÁREZ JIMENEZ

Cuando en Talayuela atardece se sientan las mujeres a la puerta de la calle buscando el frescor que llega de los Praos. Llevan el arte de la conversación en los labios y en sus manos una silla de enea para hacer un corro de conversaciones. El cielo tachonado de estrellas recoge aquel barrio de las “Casas Nuevas”. Desde allí se divisan mejor las estrellas que hacen guiños desde el cielo como si quisieran sentarse con las mujeres en su corro. A veces se ven estrellas fugaces que equivocan el rumbo que les marca el murmullo de sus conversaciones  y se pierden en la atmósfera fría en vez de llegar al corro de las mujeres Otras estrellas prenden las conversaciones de las mujeres con alfileres de cabeza de plata que brillan en medio del cielo azul de las noches de verano. Ese Barrio de las Casas Nuevas es la puerta de Talayuela por el Sur. Por el que se comienza a entrar en un mundo de edades ya pérdidas y de sueños originales que ellas nos hacen presente con solo su figura...tanta quietud recibo al contemplarte, y tanto gozo encuentro en tu presencia...

Aurora Álvarez Jiménez cuando mira al cielo tachonado de estrellas y ve un grupo de ellas que brillan más que las demás, piensa que son las sillas relucientes en las que se sientan tía Maria, Emiliana, Adela Teodoro, Trini y tío Paco... que les miran desde el cielo, añorando el tiempo que pasaron juntos mientras criaban a sus y los animados corros de verano a las puertas de sus casas...las estrellas son ojos de pestañas inquietas que se abren y se cierran continuamente...

Aurora Álvarez Jiménez nació el treinta de enero de mil novecientos veintidós y ahora le parece que todos esos días han sido solo un suspiro, como ese breve instante en que las estrellas se tocan levemente la punta de los dedos con la aurora del día y se despiden mutuamente. Le gusta, eso si, todo lo que ha creado a su alrededor y sus mejores recuerdos están ligados a su familia. Se llena de emoción cuando recuerda el nacimiento de sus hijos y de los que les nacieron de ellos: veintitrés nietos y veintidós biznietos. Recuerda como las Nochebuenas, por ser unas fiestas que le gustan, y por el jaleo que se montaba en su casa pues, por ser tantos, tenían que cenar por turnos...pasamos fácilmente de la risa al llanto pero terminamos llamándonos hermanos y todo eso alrededor de  la mesa del comedor...

Piensa en todo lo que ha trabajado y dice que ha merecido la pena los esfuerzos que hicieron su marido y ella, la alegría que les inundó cuando estrenaron la casa en este barrio, sus hijos pequeños a su alrededor...¡le echa tanto de menos!... que por tenerle mas cerca le lleva siempre en una medalla, con su retrato, colgada a su cuello, golpeando su corazón al andar, como si aún caminara a su lado protegiéndola...la que quiera que la quieran, con finura y calidad, busque un mozo de este pueblo, y lo bueno probara... ¿Estará sentado en aquella estrella que tanto me mira y parpadea?
¿Por qué nos dejamos perder la Hondonera, piensa ahora, aunque solo sirviera para que se recuerde todo los que se nos debe a las mujeres de mi generación? ¿Quién nos pagara los desvelos y ese camino andado con un cesto de ropa en la cabeza y un trozo de pan y de morcilla para comer?  Ahora han querido hacer allí una ermita dedicada a la Virgen, una mujer, pero no terminan de rematar; cuando ya aparece terminada se vuelve a abandonar: Dios nos libre de la dejadez y el abandono.

Le gusta pasear por el camino de la Higuera Loca. Siente que ese camino le transmite serenidad,  tranquilidad, y le hace comprender que ella es parte de este pueblo y de estos campos que trabajo con sus manos. Sabe que la lluvia y el sol la rejuvenecen siempre pero las estrellas le confían secretos antiguos y por la Vía Láctea de la memoria acude al encuentro de personas que la protegen desde arriba. 

jueves, 27 de octubre de 2011

MUJERES PRENDIDAS EN EL AIRE DE TALAYUELA (II)

AURORA BAEZA MORENO


Hay fechas que llevamos grabadas a fuego y nunca desaparecen de nuestra vidas, como tampoco se borran los dolores que vivimos en sus minutos. Ella comprendió en aquella fecha y de golpe que, aunque se tenga el corazón hecho pedazos, se puede continuar viviendo. En aquel día murió su marido, se quedó sola, joven, con sus hijos y con la vida por delante para sobrevivir. Aquel día comprendió que no sabía muy bien que le habían explicado del cielo pero que, sea lo que fuere, siempre sería mejor que aquello por lo que ella estaba pasando...temprano levantó la muerte el vuelo... Después aprendió, también, que por profundo que sea el vació que se tenga en el alma, la vida siempre se acerca con nuevas recompensas.

Cuando en las noches de verano Talayuela se abanica con la brisa que viene del río, se sienta a la puerta de su casa y pasan sus recuerdos por su mente, como pasa la brisa por la calle Doctor Marañón, en la que vive, y la refresca el alma. Siempre supo que nació un nueve de septiembre de mil novecientos veinte. Comprende que tiene noventa y un años de vida pero aún siente la sangre en sus venas y la luz en su mirada. Y recuerda el nacimiento de sus dos hijos...una mujer morena, resuelta en luna, se derrama hilo a hilo, sobre la cuna...y de sus nietos, bisnietos y familiares porque a todos ha visto nacer y crecer y es la memoria viva de la familia.

Aurora Baeza Moreno. Le hubiera gustado ser modista y prender con alfileres la luz plateada de la luna en los vestidos que hiciera para sus hijos y nietos. A cambio, por llamarse Aurora, caminó todos los caminos de Talayuela a la aurora del día, buscando el trabajo de los campos. Sus manos tienen aún el olor de haber cogido algodón, pimiento, tabaco... del hielo de la rueda-rueda del helado de vainilla y, cuando se atusa su media melena, queda quieto en su pelo el olor que llevan sus manos. Nunca la asustaron las dificultades pues sabe que el trabajo y la lucha llaman siempre a los mejores...

De figura menuda, supo dominar la fragilidad aparente de su cuerpo, pues sabe que la fuerza siempre nace de dentro y allí, ella, se siente fuerte y tranquila. Siempre le gustó leer y ahora, hace “sopa de letras” intentando sujetar esta maldita memoria que a veces va y viene. Sus dedos se entretienen con el tapete que cubre su mesa mientras sus ojos miran la boca y los ojos del que habla poniendo una sonrisa a la conversación que, a veces, no escucha muy bien... tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca...

No le gusta esta Talayuela de ahora que le parece tan insegura y echa de menos aquel tiempo en que nunca se cerraban las puertas de las casas y se vivía en la calle como si fuera el salón de estar de todos los vecinos. Echa de menos los Pilones, el agua que de ellos salía y los momentos de risas de las mozas al echarse agua con las manos o al romperse el cántaro. Echa de menos que los jóvenes de ahora no hagan teatro, como en su juventud, cuando tuvo que interpretar aquella obra de Morena Clara, al fin y al cabo, interpretar a otros personajes siempre es una salida a la pesadez de la vida diaria.

Lleva siempre consigo una medalla que la regaló su cuñada porque lo que mas valora es la familia y aparece en su rostro una sonrisa cuando recuerda las bodas, las comuniones, los acontecimientos familiares en que su casa se llena de gente y puede ver, reunidos a su lado, a los hijos de sus hijos y a los hijos de estos; a los familiares que prohijó como si fueran sus propios hijos.

Sabe dar, como el que más, lecciones de generosidad, pues su vida fue una escuela que la preparó para ello y tiene siempre una palabra amable que decir. Ama la vida y le gusta el sonido de la verbena de Agosto cuando, sentada en su puerta, parece que los pies se le mueven al son de la música que tocan, mientras se abanica lentamente.



miércoles, 19 de octubre de 2011

MUJERES PRENDIDAS EN EL AIRE DE TALAYUELA (I)

BENEDICTA MORENO GONZÁLEZ

Hay quienes dicen que los sentimientos quedan prendidos en el aire de ciertos lugares, que los olores aromatizan las piedras y se quedan allí trasminando durante siglos, por muchos que se vuelva a construir en aquellos espacios. Hay quienes dicen que quienes han convivido durante tiempo en aquellos lugares y le son tan queridos, por las personas que en ellos vivieron, los ojos les engañan, no ven las construcciones actuales, pues su retina solo les devuelve la imagen de los edificios y las personas que ellas llevan en sus corazones y a quienes tanto querían.


De figura menuda, morena de tanto sol de por aquí, ágiles sus piernas de haber andado mucho. Lleva puesta siempre una sonrisa que da brillo a sus ojos, transmitiendo su cara serenidad y ternura. Cuando sube la calle de los Granados, de venir de casa de uno de sus hijos, comienza a andar la calle Carlos V, se presenta ante ella el edificio de no se cuantas plantas, que hace esquina con la calle Magallanes. A ella le llega el olor a fragua, a carbón encendido. Sonidos de golpes de martillos sobre yunque le resuenan en su cabeza y, engañada por sus ojos, cree ver la figura de la persona que tanto echa de menos. Entonces le vienen a la memoria aquellos versos que, en algún teatro ambulante en Talayuela, escucho recitar y creyó que se referían a la suya: “La luna vino a la fragua, con su polizón de nardos, un niño la mira, mira, un niño la esta mirando...El jinete se acercaba, tocando el tambor del llano. Dentro de la fragua un niño, tiene los ojos cerrados”

Benedicta Moreno González nació en Talayuela un diecisiete de noviembre, ese bendito mes, que comienza con Todos los Santos y termina con San Andrés, del año de mil novecientos veintisiete. Ahora le parece que fue ayer cuando recorría las calles de este pueblo, tan distinto al de entonces y tan igual al de ahora, corriendo más sus sueños que sus piernas. ¿Quien no ha tenido sueños a los quince años? La Vida le dio cuatro hijos y, ahora, más que a su propia muerte, teme perder a alguno de ellos...”porque el pensar que te iras, me causa un terrible miedo, de si yo sin ti me quedo, de si tu sin mi te vas...”

Ya se le han ido bastantes seres queridos entre, padres, esposo, hermanos, familiares... y, cuando se siente mal, cuando la atenaza la añoranza de esos seres queridos, se refugia en el cementerio, ese espacio sereno entre pinos que, cuando el aire mueve sus ramas, trae sones de voces queridas. Allí el aire hace presente susurros de personas, caricias nunca dadas, besos que no salieron de los labios, alegrías de reencuentro para dar todo lo que se quedó sin darse: «Duerme al abrigo de la tierra una esperanza» (Oscar Monesterolo)

Siempre fue ama de casa y ahora, con más tiempo de sobra, se dedica a visitar enfermos; está leyendo el libro “Testimonios de Enfermos” para saber comprender mejor a los que visita. Siempre lleva colgada una Cruz al cuello, que aprieta con sus manos en muchas ocasiones, pidiendo la fuerza para ella misma y las personas que quiere o visita.

Con sus ochenta y cuatro años vividos, aún sueña con una plaza de Talayuela más grande y con un pueblo mas limpio; aun le gustan las canciones de La Pantoja porque expresan mucho de lo que ella siente...Ese barco velero cargado de sueños cruzó la bahía. Me dejó aquella tarde agitando el pañuelo, sentada en la orilla...; aun sabe que el Parque Natural y Las Iglesias son dos de los espacios de Talayuela que más le gustaría se protegieran; aún sabe que tiene muchos días por delante para entregarlos a sus hijos, nietos, familiares...y a los enfermos que visita.



miércoles, 12 de octubre de 2011

MUJERES PRENDIDAS EN EL AIRE DE TALAYUELA

MUJERES PRENDIDAS  EN  EL AIRE DE TALAYUELA

Hasta ahora, la historia la escribían los hombres y la hacían las mujeres. Miles de mujeres que han tenido que renunciar a tener una vida propia y solo han sido la sombra  de los hombres y, pocas veces, presentes en sus luces. Renuncias por generosidad a favor de los más cercanos y de los más lejanos. Vidas que se hacia más profunda  en la adversidad y más fuerte en las condiciones que les toco vivir. Llevan la generosidad pegada a la piel como llevan metido en su cuerpo la posibilidad de generar hijos y vida a su alrededor. Ambos términos, generar y generosidad, tienen la misma raíz y, con uno o con otro,  siempre han sido fuente de vida.

Mujeres prendidas en el aire de Talayuela. Mujeres que han pasado por la vida con una sonrisa en los labios y unas manos ennegrecidas por el trabajo. Vigilando el silencio de la noche y acallando los gritos de las infantiles gargantas, limpiando las lágrimas de los ojos y los mocos de la nariz de sus hijos y de los demás. Vestidas de negro como su presente y trabajando y soñando por un horizonte mas blanco y mas calido. Mujeres con cualidades personales y que han quedado ocultas. Mujeres que nos han dado la carne y la sangre y hemos sido adosados a ellas como hijos, sin fecha de caducidad, siendo, ya para siempre, la fuente del velo y el desvelo continuado hasta su muerte.

Mujeres sosteniendo la memoria de Talayuela. Cerremos los ojos; mejor, abrámoslos enteramente y miremos a nuestro alrededor con insistencia. Están ahí, o han estado, desde aquellos albores de finales del siglo XIII, en que se pobló La Atalayuela, hasta este siglo XXI que nos ocupa, en que parece que se desangra este pueblo por las diferentes calles que le recorren  como las venas caminan por el cuerpo.

Mujeres caminando sobre el viento. Dos lugares, principalmente, existían para las mujeres: la casa o los caminos. La casa era el espacio para el trabajo de criar a los hijos, de sostener a la familia, de soñar. Los caminos eran los medios que les llevaban andando a coger algodón, pimientos, tabaco... a la Cerquilla, la Navalonguilla, Santa Maria, Cardenillo, Las Lomas, La Jara, las Vegas del Tiétar...Después los caminos se hicieron carreteras y comenzaron a transitarse también, para salir a estudiar, las menos o para ensancharse el campo de trabajo, las mas...A todas ellas, las que saldrán en este blogg y las que no, les dedico estas páginas... Acudid a mis venas y a mi boca”.P. Neruda.

sábado, 1 de octubre de 2011

DESPUES DE ESTO YA NO VOLVERE A ESCRIBIR MAS SOBRE NICARAGUA...


Después de esto ya no volveré a escribir más sobre Nicaragua pero, antes de dejar de hacerlo, me gustaría que conocierais por mis propias letras el proyecto SAMARITANAS, en el que colabora Bene Galán. Durante los veintisiete días que pasamos en Nicaragua viajamos a conocer los diferentes proyectos que colaboran en el desarrollo de todas las áreas y edades. Entre otros muchos proyectos estaba este de Samaritanas que, por su propio nombre, podíamos imaginar en que se trabajaba.

Este proyecto no le conocimos de una sola vez en su totalidad. Un día fuimos al centro de Samaritanas a visitar las instalaciones y conocer el trabajo que se realizaba en ellas. Niños de pecho, adolescentes, madres, salían y entraban en aquel reducido espacio para reuniones con el equipo de trabajo y voluntarios.

Para entonces ya sabíamos que muchas familias en Nicaragua, por la situación económica, tienen problemas de hacinamiento, donde duermen todos juntos en la misma habitación y los problemas que eso ocasiona. Ya sabíamos que muchos niños antes de ir al colegio se levantaban a las cinco o cinco y media para trabajar. Ya sabíamos que muchas adolescentes desaparecían de sus casas durante dos o tres semanas. Ya nos habían contado que, debido a los escasos recursos familiares, se trasladaban a Managua o a Costa Rica.

Los cooperantes con los que convivíamos desaparecían todos los miércoles y los jueves por la tarde- noche diciéndonos que se iban a los focos y ya no les volvíamos a ver hasta la mañana siguiente. A mediados de nuestra estancia allí nos invitaron a nosotros. Yo estaba leyendo las memorias de Fernando Cardenal, con el que había tenido una grata entrevista de dos horas en las que me explico la historia reciente de Nicaragua, y me apetecía quedarme leyendo. Trini Gómez se marcho con Bene, Holman y los demás voluntarios a los Focos. Entre que la lectura me interesaba y quería saber a que hora regresaban los voluntarios me quedé despierto. A altas horas llegó Trini y al ver mi luz encendida vino a verme. Estaba blanca, con el estómago levantado y una gran impotencia en su mirada. Su mundo interior había sufrido una fuerte conmoción por la experiencia de los Focos que apenas podía verbalizar con sus palabras y su mirada transmitía dolor. Me fue contando que Los Focos son los lugares de una calle principal de Managua, donde, a lo largo de ella y en distintos tramos, se ubican una o mas adolescentes entre quince y dieciséis años siendo victimas de Explotación Sexual Comercial (llamadas por otros Prostitución Infantil, en la que gente sin alma les prostituye, robando la ternura y la inocencia como si fuera algo material que se pudiera comprar o vender en un mercado de personas). Las más viejas, como decían ellas, – entre veinticuatro o veintiocho años- la ejercían en otra calle. Las adolescentes llamaban a los voluntarios y les informaban de a quien habían pegado, de por donde se habían llevado a otra, de que una estaba embarazada y no sabia que hacer, de quien necesitaba medios de prevención...Y cerca de ellas babosos con mirada encendida por un cuerpo adolescente, chulos de mala sangre, ojos escondidos dispuestos a robarles a la menor ocasión, profesionales que las habían engañado con un poco de cariño y unos zapatos nuevos para sacarlas de su ambiente normal. Los voluntarios escuchaban, daban palabras, invitaban a pasarse por la casa de SAMARITANAS para regularizar situaciones, recibir apoyo, ser escuchadas.

Así vinimos a entender como en la casa Samaritanas donde habíamos estado entraban madres con hijas que a su vez eran madres de otros hijos y, que a nosotros, nos parecían hermanos entre sí, juntándose tres y cuatro generaciones en las instalaciones del Proyecto. Aquella casa de Samaritanas, como casi todas las casas en Nicaragua, tienen el techo de chapa que cuando llueve parece un bombardeo y cuando hace sol el calor resulta casi insoportable, era el espacio donde se escuchaba, se buscaban soluciones, se daba formación de todos los relacionado con la maternidad y se trataba como personas a quien habían sido valoradas como objetos para la mercancía.

Por diversas calles de Managua se veían carteles de No a la Explotación Sexual Comercial, pero estos voluntarios/as, a pesar de los escasos recursos con que cuentan, trabajaban en primera línea y, conocen como nadie, que las campañas solo se ganan si todos nos implicamos en ellas; saben como nadie con quienes se comercializa robando un mundo de sueños e ilusiones que se rompe como un cristal; saben, como nadie, que ellos son la punta de un iceberg al que nos podemos sumar muchos desde el rincón preferido de nuestra casa. Si quieres colaborar como voluntario serás bien acogido allí, si quieres enviar un mensaje les animaras en su trabajo, si quieres colaborar económicamente en el proyecto SAMARIATANAS ponte en contacto con Trini Gómez Moreno.

sábado, 24 de septiembre de 2011

AHORA QUE VUELVO A MIRAR NICARAGUA...

Ahora que vuelvo a mirar Nicaragua sin el impacto que produce la primera vez que la miras. Cuando la mirada ha tomado la suficiente distancia para poder ser mas profunda y observar las diferentes variables que ofrece a los ojos del que mira; con la serenidad que da el tiempo transcurrido, escribo sobre los días allí vividos y con el mismo afecto que aún conservo hacia aquel pedazo de tierra.


Llegamos a Managua sin luz de sol y con la lluvia torrencial del invierno, como si quisiera limpiarnos de todas las formas de mirar que desde aquí llevábamos. Sin luz de sol en los ojos y con el colirio del agua que caía por nuestra cara, los ojos se acostumbraron en mirar.

Alguna vez existió el paraíso, pensábamos a la mañana siguiente, cuando la naturaleza se ofreció a nuestra vista. Era abundante, sobrecogedora, colorista, minuciosa al elegir los mil matices del verde, creativa en toda la gama de colores, salvajemente creciendo por doquier, majestuosa en su profundidad... Los versos del Canto General de Pablo Neruda nos salieron al encuentro: A las tierras sin nombres y sin números, bajaba el viento desde otros dominios, traía la lluvia hilos celestes...Útero verde, americana/sabana seminal, bodega espesa/ una rama nació como una isla/una hoja fue forma de la espada/una flor fue relámpago y medusa/un racimo redondeó su resumen/una raíz descendió a las tinieblas...

Después fue el encuentro con las personas. En un país donde la prisa no existe, el saber escuchar es el verbo principal para conjugar toda actividad. La vida se les sale por los ojos que te miran envolviéndote en historias increíbles vividas por ellas mismas y contadas de la manera más natural, sin anestesiar ninguna parte de su vida. En un país donde la historia mas reciente aún no está escrita, ellas la guardan en su memoria como el mejor tesoro encontrado y la cuentan sin parchear en nada su crudeza. Detrás de su mirada está su vida presente en un empeño y una conciencia de que levantar el país depende de ellas. Así, de la mañana a la noche, muchas personas recorren los caminos para llevar una palabra de aliento, de formación, de conciencia, a otras personas que se encuentran en su misma o en peor situación aún, o para trabajar con una actividad liberadora. Los ojos de los Nica lo dicen todo sin palabras y, cuando a la mirada le ponen palabras, son canciones de amor y de esperanza que traspasan las fronteras permitidas y, entonces, te quedas desnudo y sin resistencia a su llamada. Como resistirse a los ojos negros y parlantes de Yeny, a la memoria viva de la hermana Margarita, a la dulzura envolvente y sosegada de Maria Lourdes, al acierto crítico de Ana Julia, a la generosidad de Vanesa, a la risa de Tina, al entusiasmo de Cora, a la acogida de la comunidad de Valle Dulce, a los ojos de los niños...y de tantos otros nombres de personas que nos dio Nicaragua y que se asoman a través del papel del mapa de Nicaragua que contemplo.

Son vidas con sones antiguos de libertad, terrenales sonidos, existenciales preguntas, respiraciones primordiales, colores primerizos difuminados en un país lleno de grandes contrastes pero preñado de esperanza. Y la música de los Nicas que se cuela por cada rendija de las entretelas llamando a la vida, trayendo recuerdos ancestrales, apoyando a la vida generosamente entregada. Hago mías las palabras de Gioconda Belli: ¿Qué sos... sino un vuelo de pájaros guardabarrancos, cenzontles, colibries? ¿Que sos Nicaragua, para dolerme tanto?

Y qué decir de La Chureca, del Mamonal, de Ometepe, del Horno, de las Isletas, de los volcanes, del agua...Aquel país no se recuerda sin el agua. El agua de sus inmensos lagos, la de sus mares y la que trasmina la piel de quienes la habitan por el calor de su sol y que pasa a formar parte del Xolatlan que custodia a Managua. Y qué decir de los niños y los ancianos, ambos con mirada ingenua y acusadora, eran los libros abiertos que mostraban el desequilibrio de un mundo gobernado por una masa burocrática que tiene encuentros sin respuesta y desencuentros que provocan miseria.